De todos los asientos libres, elijo el
más cercano a la puerta. Como si así fuese a llegar antes. Hacía
tiempo que no subía a un autobús y la sensación es agradable.
El asiento es amplio y nadie se ha sentado a mi lado. No sé si mirar por la ventana o dormir. Tengo ganas de llegar.
Quizá si duerma, el tiempo se pase más rápido. El autobús se pone
en marcha, apenas hace ruido, más parece que el motor se vaya a
apagar. Comienza un traqueteo suave, me acomodo en el respaldo y
cierro los ojos. Mientras el viaje avanza intento pensar en las cosas
que voy a hacer cuando llegue, pero las voces de los demás viajeros
me desconcentran. Hablan de una manera extraña, como si cada frase
estuviese dicha a golpes y en cada palabra hubiese un punto y final. No sé que idioma es pero me
resulta vagamente familiar.
De pronto abro los ojos, asaltada por
una certeza horrible. Me doy cuenta que los pasajeros están hablando
al revés, como si una grabadora estuviera rebobinando sus voces.
Miro por la ventana, con la esperanza de encontrar un paisaje
tranquilizador y el corazón se me para cuando me doy cuenta que,
pese a estar avanzando, el paisaje retrocede, cada vez más rápido,
huyendo. Una sensación de vértigo y miedo me recorre las tripas y
busco con la mirada algo o alguien que me devuelva el presente. Nada.
Ni siquiera el tiempo avanza; los minutos, arrepentidos, se deshacen en mi reloj.
Comienzo a marearme, a dar vueltas, a
no saber dónde mirar porque las cosas ya no están en su sitio, ni
siquiera yo, que aún estando, siento que escapo. Entonces, el autobús se para.
- Perdone, señorita, le repito que el viaje no puede comenzar si no
me enseña el ticket. - Lo siento, aquí tiene, me había despistado. Le tiendo el billete al
revisor y respiro aliviada. Comienza un traqueteo suave, me acomodo en el respaldo, cierro los ojos y pienso que debería consultar mi tendencia a anticipar acontecimientos.
Fotografía: Fran de la Cruz