Me desnudo y me miro al espejo. Esa imagen que a diario pasa
fugaz, distante, como una ráfaga
a lo lejos.
Me detengo en ella, tiro de ella. La acerco a mí.
Veo dolor instalado formando rutas difíciles.
Hay piel;
inmensa llanura de células sensibles.
Tengo los brazos delgados,
ni sé cómo han podido aguantar tanto peso
o empujar tantos miedos. Son mis brazos de guerrera.
Dejo escapar el aire anudado que me oprime un alma
que no encuentro. Por más que busco
no la encuentro. Si pudiera cogerla entre mis
manos.
Hay montes deshabitados donde la helada
cae a plomo.
Grietas que no terminan de cerrarse. Paso los dedos y
duele.
Toco despacio, como trenzando cabellos finos,
como espuma que se rompe. Alargo el recorrido;
sombra al atardecer.
Me alojo en mis hombros dignos, cansados.
Hermosos.
Qué más da el alma, si tengo el dolor
vivo.
Foto de Михаил Секацкий en Unsplash