
Noviembre es un mes triste. Octubre todavía es cálido y soleado, pero noviembre es triste. Antes, durante todo el mes de noviembre tocaban diariamente las campanas, ya sabes, por los difuntos, y no había un sólo día del mes que las campanas no nos recordaran que nuestros muertos seguían muertos, tristemente muertos, que de eso se encargaban los tonos lúgubres de las campanas, y muertos también seguían los muertos de los vecinos, los de acá y los de más allá, valga la expresión, porque eso sí, las campanas se escuchaban por todos lados. Otra cosa no, pero un buen campanario sí que había. Ya me hubiera gustado que el mes de noviembre no fuera así, tan negro, tan llorón, porque realmente es un mes bonito de no ser por las campanas. Qué miedo me daban esas campanas. Todos los años había que llorar, qué íbamos a hacer si no. Yo hubiera preferido cantar a los muertos, reírles por lo menos, que eso siempre gusta más, pero no, noviembre era un mes para llorar y el resto del año para trabajar, ya me dirás. Y luego las misas por los santos difuntos, que ya ni acordarme quién era el muerto al que había que rezar, pero a la misa había que ir, de negro y con pena. Qué bien que lloraban las mujeres de mi pueblo, ¡cómo se oían los suspiros cuando tañían las campanas! De alguna misa me libré porque mi hermano, que de pequeño odiaba los pájaros, y ahora, fíjate tú cría canarios, pensó que para qué iba a ir yo a las misas si ya lo hacía él. Qué tontería, para qué los dos.
Todavía me acuerdo cuando era joven. Paseaba con las amigas por la calle en hilera, las más audaces al extremo que eran las que se llevaban la suerte de pasar al lado de los chicos. Yo siempre caía en el centro, hay que ver cómo era yo, pero eso sí, no había nadie que leyera tanto como yo en el pueblo. La de libros que habré leído, y eso que no eran tiempos para eso, pero tampoco para pasarse el mes llorando, ¿no?
Ilustración: Judith Clay
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