
La bailarina marcaba con su cuerpo menudo los pasos de una coreografía triste; se extendía, elevaba y giraba en el escenario con una perfección casi imposible.
Él velaba cada movimiento, respiraba el viento que sobraba en los saltos, miraba su espalda y deseaba pasar sus dedos por cada una de sus estrictas vértebras, rodear sus hombros de caricias lentas, soltar sus cintas y amarla toda la vida.
Había decidido sacarla de allí, desatar las zapatillas gastadas, liberar sus pies e invitarla a reir. Para ello había elegido su mejor traje: el de payaso enamorado de la bailarina.
Todo el público suspiró cuando subió al escenario de un salto mortal, mezcló abrazos con tules y colores, besó sus labios y le inflamó las mejillas con sonrisas. Se fueron de la mano, ella descalza y él ocupando su corazón.
Las luces permanecieron encendidas toda la noche para el aplauso.
(El payaso lo había ensayado todo en su casa la noche antes. Vive en la paralela a la principal, en la
Ciudad Gotupo)
Imagen: Ballet ruso, August Macke